Tomás Gutiérrez Alea, eterno inspirador de conciencias

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Tomás Gutiérrez Alea, eterno inspirador de conciencias

El cineasta cumpliría 89 años de vida este 11 de diciembre.

Cortesía Ailyn Martín Pastrana

La historia de la cultura cubana no puede escribirse sin mencionar a Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996), una de las voces más auténticas del cine cubano y latinoamericano. Sus obras marcadas por más de 20 largometrajes, documentales y cortos, representaron al llamado Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano.Memorias del subdesarrollo (1968), La última cena (1976) o Fresa y Chocolate (1993), aún hoy, soportan la prueba del tiempo, y reafirman que los grandes miedos del ser humano son los mismos desde el principio de nuestros días. Y es que Titón, como lo llamaban sus amigos, posó su aguda mirada en el hombre y su circunstancia, un escenario que ha inspirado infinitos relatos cinematográficos.

El intelectual, al viajar a Europa a cursar estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia, considerada la meca del neorrealismo italiano, establece estrecha relación con algunos de los pilares del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano: el cubano Julio García Espinosa, el colombiano Gabriel García Márquez y el argentino Fernando Birri.

A su regreso a la Isla, se encontró con un escenario convulso para realizar películas, dada la persecución del gobierno sobre la intelectualidad de izquierda. No obstante, formó parte de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, organización progresista que aglutinó a lo más brillante de la ciudadanía criolla en la década del 50 donde confluyeron algunos de los pioneros del séptimo arte posrevolucionario en la Isla: Julio García Espinosa, Alfredo Guevara, Jorge Haydú y José Massip. Realizó El Mégano (1955), filme considerado como la única obra comprometida del cine de Cuba, secuestrado por el gobierno de Batista hasta el Triunfo revolucionario. Esta expresión artística llegó a su máximo esplendor con la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), en marzo de 1959. Allí  Titón dirigió el primer largometraje: Historias de la Revolución (1960), dedicado a la epopeya libertadora recientemente concluida.

Otras fueron: Las doce sillas (1962) y La muerte de un burócrata (1966), en las que se evidencia la vis cómica, casi cáustica, del guionista y director. Al decir de su proceso creativo, Titón declaró: “Para mí el cine sigue siendo un instrumento valiosísimo de penetración de la realidad (…). El cine no es retratar la realidad simplemente. El cine es manipular. Te da la posibilidad de manipular distintos aspectos de la realidad, crear nuevos significados y es en ese juego que uno aprende lo que es el mundo.”

Se caracterizó por ser un cineasta inquieto e inquietante, en tanto que sus relatos permiten (exigen) al espectador formar parte del proceso creativo.  Su cine tiene innumerables lecturas.

Ríndase merecido homenaje a tal ícono que ha dejado un legado para la historia del arte y la industria cinematográfica cubana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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